La bruja: entre la energía y el conocimiento 

Por: Carime Kuri Fierros 

Hablar de las brujas es entrar a un territorio donde se encuentra la historia, la espiritualidad, la psicología, la naturaleza y el misterio. La palabra bruja a cargado durante siglos con significados contradictorios. Para algunos representa el mal, la oscuridad, el engaño y aquello que debería ser perseguido; para otros representa sabiduría, intuición, conexión con la madre naturaleza, poder femenino y una forma diferente de comprender la existencia. Tal vez por eso la figura de la bruja continúa fascinando. No desapareció con el paso de los siglos, cambió de forma. 

La bruja contemporánea ya no necesariamente lleva un caldero ni vive aislada del mundo sumergida en el bosque. Puede ser una mujer que estudia, que cuestiona, que conoce las propiedades de las plantas, que observan los ciclos de la luna, que comprende la influencia de las emociones sobre el cuerpo, que escucha su intuición o que simplemente se atreve a pensar de manera diferente. 

Desde una perspectiva energética e intelectual, la bruja puede ser entendida como arquetipo: una representante de la persona que busca conocimiento más allá de lo evidente y que se relaciona con la realidad desde una sensibilidad distinta. No se trata de afirmar que todo aquello que tradicionalmente se atribuyó a la brujería tenga una explicación sobrenatural. Se trata de comprender qué necesidad humana existe detrás de esa figura y por qué, a través de los siglos, tantas culturas crearon personajes vinculados con el misterio, la naturaleza, la curación, la adivinación y el conocimiento oculto. 

Antes de que existiera la medicina moderna, gran parte del conocimiento de la salud se transmitía de generación en generación; las plantas, las semillas, los ungüentos, los baños, las infusiones y determinados rituales formaban parte de las prácticas cotidianas de muchas comunidades. En ese contexto varias mujeres adquirieron conocimientos que no necesariamente estaban disponibles para todos. Sabían qué plantas podían utilizarse para aliviar determinados malestares, conocían los ciclos reproductivos, acompañaban los partos, cuidaban a los enfermos y participan en rituales relacionados con la muerte. Su conocimiento procedía de la observación, la experiencia y la transmisión oral.  

Cuando una mujer poseía conocimiento que la comunidad no comprendía completamente, podía convertirse en una figura ambivalente: podía ser respetada y temida al mismo tiempo, la frontera entre la sabia, la curandera, la partera y la bruja, podía ser extremadamente frágil. Esto no significa idealizar todas las prácticas atribuidas a la brujería, significa reconocer que el conocimiento humano ha tenido una sola forma.  

Hoy la bruja puede ser la mujer que observa y escucha el cuerpo, las plantas, el cielo, los animales, las emociones y, sobre todo, observa aquello que otros pasan por alto. La intuición también puede ser una forma compleja de procesamiento de información. Nuestro cerebro registra constantemente señales que no siempre llegan a nuestra consciencia de manera explícita. Una expresión facial, un tono de voz, un cambio en el comportamiento de alguien o una modificación de ambiente pueden ser percibidos sin que podamos explicar inmediatamente por qué algo “no nos da buena espina”. La intuición puede ser, en determinadas circunstancias, la síntesis de experiencias acumuladas. 

La mujer que durante años observa a las personas puede desarrollar una capacidad extraordinaria para reconocer patrones. La persona que observa la naturaleza y la conoce puede anticipar ciertos cambios ambientales. Quien ha vivido muchas experiencias puede percibir señales de una situación antes de poder explicarlas racionalmente. 

La energía y la psicología podrían hablar de emociones, atención, estrés, percepción y respuestas ambientales y corporales. En lenguaje espiritual podríamos hablar de energía. Ambos lenguajes intentan describir, desde perspectivas diferentes, experiencias que forman parte de la vida humana. 

La bruja representa a quien esta particularmente atenta a esas dimensiones sutiles de la experiencia e incluso entender un lenguaje interno y conectar con el universo. Quizás la verdadera bruja no vive en el bosque. Vive dentro de cada persona que se atreve a mirar más profundamente, a cuestionar las respuestas fáciles y a transformar la experiencia en sabiduría. 

Porque conocer, en su sentido más profundo, siempre ha sido una forma de libertad. 

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