¡Cuidemos a nuestros hijos! 

Por: Tte. Manuel Guzmán García  

La situación de inseguridad en México es de suma gravedad en las 32 entidades federativas que componen nuestra República. Las condiciones de vida son verdaderamente dramáticas por el acoso y la actuación permanente y desmedida de todo tipo de criminalidad, desde la común hasta la organizada, que lo mismo dañan la vida y el patrimonio de los ciudadanos, trastornan empresas y comercios, que desestabilizan, corrompen y condicionan a los tres niveles de gobierno, subordinando a sus caprichos sus estructuras ejecutivas, legislativas y judiciales. Es verdaderamente devastador lo que se vive y cómo se vive. No existe hasta el momento para la sociedad un soporte de atención real que le pueda ayudar a sobrevivir sin sufrir diversas y cambiantes características delictivas que a diario la mantienen con la preocupación de sufrir un atentado que le arrebate la existencia o que la obligue a pagar por subsistir. 

Prácticamente nadie escapa al hecho de ser objetivo calificado y hasta clasificado de la delincuencia. En México, el miedo se ha convertido en la máxima limitante de la libertad: da miedo salir de noche, poner un negocio, decir no; miedo a que los hijos ya no regresen al hogar y encontrarlos muertos en una fosa clandestina. La inseguridad ya no es cifra, es rutina, y cuando el miedo se vuelve rutina, el país se paraliza, se agobia y se pierde. 

Es sumamente lamentable observar cómo las instituciones de seguridad han sido rebasadas por la criminalidad, dando muestra de incapacidad, corrupción, contubernio, complicidad, abusos y sumisión a sus verdaderos patrones, que son los delincuentes afiliados al gobierno. La podredumbre es profunda y altamente nociva. Estamos en la antesala de la formación de sociedades criminales, donde su principal foco de atención es violentar a la gente de bien para someterla a los intereses de la gente de mal, auspiciados por las élites del poder. 

La propia delincuencia ya se mide por niveles de influencia: unos formando parte de corporativos oficiales y otros, independientes. Ambos bandos actúan intensamente, no dando margen de tranquilidad a la colectividad, ubicando sus modos y medios de operación como una forma de vida con goce de impunidad, riqueza y poder. 

Como es de entenderse, el problema de la inseguridad está latente y su crecimiento es alarmante. La violencia homicida es una cuantificación diaria de cadáveres por parte de las autoridades, sin responsables en la cárcel. Es la muestra más ruin de cómo el asesinato se ha convertido en la opción para dirimir diferencias, cobrar venganzas, hacer justicia por propia mano, matar para robar, en un escenario nefasto que atenta contra el estado de derecho, el cual se mantiene maltrecho e inoperante, ya que la justicia está ausente de toda posibilidad de ser tomada en cuenta. 

Ante todo esto, como ciudadanos, nos queda como único recurso, para mantenernos seguros, adoptar la cultura de la autoprotección. Esta no es otra más que el pleno disfrute de nuestras libertades manteniendo una conducta apegada a las normas jurídicas que nos rigen, evitando todo aquello que nos pueda ocasionar un problema, privilegiando la prevención en el manejo de nuestros actos, ya que en cualquier descuido corremos el riesgo de ser abatidos por la inseguridad, por la injusticia, por el abuso o por una mala conducta individual, familiar o colectiva. 

Para los padres y madres, el cuidado de sus hijos merece especial atención y una prioridad extrema, ya que la virulencia y la inseguridad existente, así como la dinámica criminal actual, atacan con fiereza las estructuras familiares y sociales más preciadas como lo son la niñez y la adolescencia, reclutándolos, desapareciéndolos, manipulándolos, secuestrándolos, explotándolos, asesinándolos y traficando con sus órganos. 

Es ahora más que nunca que, como adultos, debemos reconocer y entender que nuestra responsabilidad de velar por el bien superior de las niñas, niños y adolescentes —que es la vida— tiene que ser nuestra máxima inspiración y obligación humanista, ética y moral. No hay más tiempo que perder: o los cuidas o los pierdes. 

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