MORENA frente al espejo 

Por: Elizabeth Castro  

MORENA surgió al amparo del discurso de un hombre que insistía en que sus principios, y por ende los de su movimiento, eran: no mentir, no robar y no traicionar al pueblo. Durante años, esa frase no solo funcionó como un lema de campaña; se convirtió en uno de los principales recursos retóricos del partido y en el parámetro con el que López Obrador juzgó, desde la tribuna, a sus adversarios. 

Hoy, sin embargo, esa frase, antes pronunciada con fiereza y convicción, enfrenta su prueba más difícil. Cuando los señalamientos de corrupción alcanzan a figuras del propio movimiento, MORENA ya no solo debe defender a sus militantes, sino gestionar crisis de credibilidad y gobernabilidad. 

El actuar de sus integrantes deja de ser un asunto exclusivamente partidista para convertirse en un asunto de Estado e, incluso, de política exterior. 

La filtración de audios que contienen conversaciones entre la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila, y presuntos agentes estadounidenses, así como el rotundo fracaso de la mandataria para ofrecer explicaciones creíbles y con sustento legal sobre su actuar, ejemplifican las contradicciones de un gobierno que ha insistido en acusar a sus opositores de colaborar con autoridades estadounidenses en asuntos de seguridad —como ocurrió con Maru Campos—, mientras enfrenta señalamientos de que una de sus propias militantes habría estado dispuesta a proporcionar información clasificada a cambio de un beneficio personal: recuperar su visa. 

Durante las últimas semanas, Marina del Pilar ha concentrado sus esfuerzos en explicar los audios que continúan filtrándose e incluso ha insistido en que fue engañada por intermediarios. Sin embargo, lo que no podemos obviar es el fondo del asunto: el presunto ofrecimiento de información a agentes extranjeros constituiría una grave vulneración al Estado de derecho y a la seguridad nacional. 

Esto no es un asunto menor, ya que el actuar de Marina del Pilar no solo tendría implicaciones legales, sino que ha socavado el discurso de soberanía que Claudia Sheinbaum ha colocado en el centro de su narrativa durante los últimos meses. 

La presidenta heredó un país profundamente fragmentado y un partido que, tras la salida de su líder fundador, ha comenzado a exhibir las diferencias y grietas entre los distintos grupos que lo conforman. 

A diferencia de su antecesor, a Sheinbaum ya no le basta con señalar y acusar desde la tribuna; mucho menos cuando su voz se ve opacada por quienes parecen haber entendido que pertenecer a MORENA es una suerte de cheque en blanco para actuar conforme a sus propios intereses, aun cuando éstos sean contrarios a los principios que López Obrador juró defender. 

La verdadera prueba para MORENA ya no consiste en señalar la corrupción de sus adversarios o evidenciarlos ante las cámaras, sino en demostrar que el movimiento está dispuesto a enfrentarla cuando surge entre los suyos; cuando figuras como Marina del Pilar asuman la responsabilidad de sus actos y sean sometidas al mismo escrutinio con el que durante años se analizó a sus adversarios. 

Cuando MORENA sea capaz de admitir y corregir sus propios fallos, quizá Claudia Sheinbaum pueda sostener ese discurso e incluso imprimirle su propio sello a un movimiento que, hasta ahora, sigue sin reconocer plenamente su liderazgo. 

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