Los Therians: Cuando los jóvenes dejan de hablar y empiezan a aullar 

Por: Dra. Rosa María Ortiz Prado  

Vivimos un tiempo en el que las certezas se disuelven; los jóvenes, que alguna vez soñaban con cambiar el mundo, buscan ahora transformarse ellos mismos hasta dejar de ser humanos —al menos simbólicamente.  

Los therians, en su mayoría adolescentes que se identifican con animales y adoptan sus comportamientos, se han convertido en espejo de una generación que huye hacia adentro: que ya no encuentra futuro en el horizonte humano y elige refugiarse en lo instintivo, en lo salvaje, en lo que no piensa ni sufre como nosotros. 

No se trata de una moda pasajera —aunque las redes lo presenten como tal—, sino de un síntoma. Un síntoma de agotamiento, si la humanidad se vuelve inhabitable, es comprensible que algunos jóvenes prefieran ser otra cosa. En un mundo donde todo parece estar dicho, donde el esfuerzo parece no garantizar nada y el porvenir luce frágil, la fantasía de ser un animal ofrece una promesa: la de existir sin el peso de la autoconciencia, sin facturas, sin la angustia de no ser suficiente. 

Los padres, desconcertados, suelen reaccionar con risa o con miedo, o creyendo que, si los tratan como animales dándoles croquetas y amenazándolos con dormir en el patio o llevarlos al veterinario, resolverán el problema.  

Quizá el primer paso sea preguntarnos qué hemos hecho los adultos para que nuestros hijos prefieran identificarse con un lobo antes que, con un ciudadano, en una sociedad que aplaude la autoexpresión, pero castiga la vulnerabilidad.  Los adolescentes convierten su silencio en maullido, su deseo de libertad en aullido. No hablan porque sienten que ya nadie escucha, y el maullido, aunque sea simbólico, al menos se oye. 

La red, por supuesto, amplifica esta metamorfosis. Convertir el malestar en contenido, filmarlo y subirlo a TikTok, otorga validación rápida. Es una forma de ser vistos en un mundo que sólo parece reconocer lo extraño. Pero cuando la adolescencia pase, cuando la fantasía deje lugar a la realidad del cuerpo y del trabajo, ¿qué quedará? ¿cómo se reintegra alguien que aprendió a sentirse más animal que humano, más instinto que palabra? Sin patologizar hagamos el esfuerzo de comprender el fenómeno.  

Los padres deben y pueden responder no desde la burla ni la alarma, sino desde la escucha. Preguntar ¿qué siente? ¿qué hay detrás de esa elección? Entender que el disfraz no es sólo juego: es lenguaje de un vacío. Y que negar el fenómeno no lo borra, sólo lo empuja más hondo. 

A los más pequeños habrá que explicarles, porque los verán, verán que algunas personas buscan identificarse con otros seres como forma de expresar lo que sienten o de buscar su lugar en el mundo. Que no están locos ni “raros”, sino intentando entenderse.  

Pero también hay que mostrarles que ser un humano, con toda su incertidumbre, sigue siendo una posibilidad hermosa: que pensar, sentir y hablar es lo que nos permite transformar el mundo, no sólo sobrevivir en él. La pregunta de fondo no es por qué los jóvenes maúllan; es por qué los adultos hemos dejado de escucharlos. Por favor reflexionemos si es este el mundo que queremos y nos merecemos habitar.  

  •  Dra. en Psicología Rosa María Ortíz Prado

Psicoterapeuta y Maestra en Neurociencias

Prolongación de Emiliano Zapata #630, Col. Reforma, Oaxaca de Juárez, Oax.

Tel: 951 547 12 47 / 51 38 304

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