Por: Dra. Rosa María Ortiz Prado
Hablar de la violencia de género no es sólo hablar de agresiones visibles, sino de esa estructura silenciosa que se instala en los gestos cotidianos, en los discursos familiares, en los espacios laborales y políticos, y en la economía que sigue regulando quién vale más y quién puede decidir. Detrás de cada expresión de violencia hay una forma de poder mal ejercido, una historia de silencios heredados y un sistema que normaliza la desigualdad como si fuera parte del orden natural de las cosas.
En el ámbito familiar, la violencia psicológica muchas veces se disfraza de cuidado, de autoridad o de “deberes tradicionales”. La mujer sigue cargando con la exigencia de sostener vínculos, equilibrar los afectos y encarnar la estabilidad emocional del hogar, aun cuando ella misma es el blanco de los desequilibrios que no se nombran. Desde la psicología, sabemos que esta dinámica fractura la identidad, desgasta la autoestima y perpetúa la idea de que amar es aguantar, o de que el conflicto es un precio inevitable para conservar el amor.
En el entorno laboral, la violencia se expresa en formas más sutiles, pero igual de corrosivas: la subvaloración del trabajo femenino, la invisibilización de logros, las brechas salariales y la exigencia constante de demostrar más para recibir menos. Detrás de esto hay una narrativa histórica que asocia el liderazgo con lo masculino y que castiga en las mujeres cualquier gesto de autonomía o autoridad con etiquetas que van desde “difícil” hasta “excesiva”. En este terreno, la violencia se perpetúa porque ha sido incorporada como parte de la cultura del desempeño y la competencia.
La esfera política no queda exenta. Ahí, la violencia de género adopta una forma pública y directa: acoso, descrédito, exposición mediática, manipulación de la imagen y exclusión deliberada de los espacios de decisión. Se trata, en el fondo, de un intento por recordar que el poder sigue siendo un territorio vigilado, y que las mujeres sólo pueden ocuparlo si lo hacen “a la manera” de los hombres, o bajo la tutela de estructuras que no se transforman realmente.
En el ámbito social y económico, la violencia se traduce en desigualdad estructural: menor acceso a oportunidades, precariedad laboral, pobreza feminizada y decisiones que la sociedad sigue interpretando desde roles rígidos. La mujer, convertida en sostén y sobreviviente, se enfrenta a un sistema que demanda resiliencia sin ofrecer reparación. Y, aunque la palabra “empoderamiento” se repite hasta desgastarse, pocas veces se acompaña de cambios reales en las condiciones de vida o en la manera de mirar la dignidad femenina.
Desde una mirada humana y psicológica, es urgente comprender que la violencia no empieza con el golpe, sino con la mirada que descalifica, con la palabra que minimiza, con el gesto que invalida. Que detrás de cada mujer que calla hay una historia de condicionamientos profundos: miedo al rechazo, culpa aprendida, necesidad de aceptación. Romper ese ciclo implica reconstruir no sólo las leyes ni los discursos, sino las emociones colectivas que sostienen la desigualdad.
La verdadera transformación comienza cuando una sociedad revisa sus vínculos, reconoce la herida y se atreve a nombrarla. Cuando deja de culpar a la víctima y comienza a educar en empatía, en respeto y en la comprensión del otro como un igual. Hablar de la violencia de género hacia la mujer es hablar de lo humano en su desnudez más cruda: del poder, del miedo, del deseo y de la capacidad que tenemos —o no— de convivir desde la conciencia, no desde la dominación.
- Rosa María Ortiz Prado
Lic. en Psicología Clínica
Maestra en Neurociencias
Certificada en perfil de desarrollo emocional
Prolongación de Emiliano Zapata #630, Col. Reforma, Oaxaca de Juárez, Oax.
Tel: 951 547 12 47 / 51 38 304








