Por: Carime Kuri Fierros
Cada año, cuando el invierno alcanza su punto más hondo, la oscuridad parece alcanzar su dominio absoluto y, sin embargo, en medio de esa noche profunda, una luz comienza a nacer. Este instante es Navidad. No como una fecha, sino como acontecimiento interior; no como tradición, sino como símbolo eterno. En la vastedad del tiempo humano, la Navidad representa el punto donde lo perecedero toca lo infinito, donde el reloj del mundo se detiene y el alma percibe el pulso de lo eterno.
Toda la existencia se mueve en ciclos: de la siembra al descanso, de la vida a la muerte, y de nuevo la vida. La Navidad se inscribe en ese orden cósmico de retorno y renovación. Es el momento en que el espíritu humano, fatigado por su tránsito en los días, recuerda su origen. En el corazón de esa memoria, una chispa divina se enciende: la conciencia de que el ser no es sólo carne ni historia, sino que un reflejo del misterio lo sostiene.
El nacimiento que celebramos no ocurre únicamente en Belén, sino en el silencio interior de cada uno. En cada conciencia que, en medio de su propia oscuridad, decide abrirse a la posibilidad de una nueva luz. Así, el Niño que llega no es otro sino el Ser que despierta: la verdad que retorna al alma cuando ésta se reconoce parte del todo. Por eso, la Navidad no pertenece sólo a una religión, sino al lenguaje universal del espíritu que busca nacer.
En ese sentido, la Navidad es el kairos, el tiempo cualitativo, el momento en que el alma se detiene en su errancia y reconoce la eternidad que la habita. Todo lo demás -los adornos, los cantos, la nieve, las luces- son metáforas de esa claridad interior que anhela manifestarse. Cada llama encendida es una afirmación del ser frente a la sombra; cada gesto de amor, una participación en el movimiento cósmico de retorno hacia la unidad.
Pero el mundo moderno ha olvidado ese pulso secreto. El ruido del consumo, la prisa de los días, la acumulación de objetos y de ausencias, han nublado el sentido profundo del tiempo sagrado. Sin embargo, incluso en medio de ese vértigo, la Navidad conserva su poder, su ruptura: cada año nos ofrece una grieta en la continuidad del tiempo profano, un respiro donde el alma puede recordar quién es y hacia dónde se dirige.
Tal vez el verdadero milagro no sea que una estrella haya brillado en el cielo, sino que aún podamos percibir su luz interiormente. Tal vez el misterio no esté en un pesebre antiguo, sino en la posibilidad de que lo divino siga naciendo en lo humano. En esa paradoja -la infinitud contenida en lo pequeño, la eternidad encarnada en el instante- reside la esencia de la Navidad.
Así, cuando llega diciembre, lo que realmente retorna no es el calendario, sino el eco del principio. La Navidad es un recordatorio de que el universo entero respira en nosotros; que el amor no es sólo un sentimiento pasajero, sino el pulso mismo de la existencia. Celebrarla entonces, no es simplemente conmemorar un hecho, sino participar de un ritmo cósmico: la continua gestación de la luz en medio de la sombra, la afirmación de que, incluso en la noche más larga, la vida sigue naciendo.
- Lic. Carime Kuri Fierros
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