La nalgada pedagógica no existe, un golpe nunca será educativo 

Por: Dra. Rosa María Ortiz Prado  

Muchos de nosotros crecimos escuchando que “una nalgada a tiempo” educa, corrige y hasta demuestra interés. Pero cuando miramos con calma qué pasa en el cuerpo y en la mente de un niño, esa idea se cae sola: el golpe no enseña, sólo duele. El menor no vive una lección, vive una agresión envuelta en un discurso de amor y cuidado que no corresponde con lo que siente. 

La escena está completamente atravesada por una asimetría de poder: el adulto es más grande, más fuerte, tiene la autoridad y el control de casi todo lo que el niño necesita para vivir. Desde ahí, pegar y llamarle “pedagogía” es una incongruencia. El mensaje explícito dice “lo hago por tu bien”, pero el mensaje que el cuerpo y la emoción registran es otro: “cuando te quiero y me enojo, te puedo lastimar”. 

Para poder seguir queriendo a sus padres, muchos niños se ven obligados a justificar el golpe: “me lo gané”, “si no, habría sido peor”, “era por mi bien”. Esa aparente “comprensión” no es una prueba de que el castigo fue sano, es una manera de sobrevivir afectivamente en un vínculo donde la misma persona que cuida también hiere. Y cuando esos niños crecen, suelen repetir la historia: defienden la nalgada, minimizan lo que sintieron y usan el miedo como herramienta educativa, porque fue lo único que conocieron. 

El problema es que el golpe detiene la conducta a corto plazo, pero no construye autorregulación ni criterio propio. El niño obedece por miedo, no porque entienda, y aprende algo muy peligroso: que el que tiene más poder puede usar la fuerza para imponer lo que quiere. Eso se traslada luego a la pareja, al trabajo, a la forma de resolver conflictos y de tratarse a sí mismo. 

Reconocer que la nalgada pedagógica no existe no es declarar “malos” a quienes la usaron; es aceptar que hicieron lo que pudieron con la información y los recursos que tenían. Hoy sabemos más y eso nos obliga éticamente a hacer algo distinto. Poner límites claros sigue siendo necesario, pero los golpes sobran. El verdadero acto educativo es sostener el “no” sin violencia, mostrar que se puede frustrar, corregir y reparar sin lastimar el cuerpo ni la dignidad. 

Educar no es quebrar la voluntad de un niño, es acompañarla, encauzarla y ayudarle a pensar lo que hace. Por eso el golpe “educativo” es, en el fondo, una contradicción; donde entra el miedo como herramienta central, se ausenta el aprendizaje profundo. Si lo que queremos son hijos con criterio, empatía y capacidad de autorregularse, necesitamos cambiar de lógica: menos nalgadas, más palabras, menos humillación, más vínculo y coherencia. 

  • Psic. Rosa María Ortiz Prado  

Lic. en Psicología Clínica  

Maestra en Neurociencias 

Certificada en perfil de desarrollo emocional 

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