Por: Dra. Rosa María Ortiz Prado
La misoginia verdadera no nace del odio, nace del terror; un terror arcaico, preverbal que se instala en la psiquis del varón cuando la separación de la madre deja de ser un proceso evolutivo y se vive como aniquilación. El niño no odia a la mujer; teme lo que ella representa: la dependencia originaria, la vulnerabilidad, el caos de lo no controlado, la prueba viviente de que él también fue —y sigue siendo— necesitado.
La estructura se fragua en la primera relación de objeto. Si el entorno premia la dureza y castiga la ternura en el niño; si el padre está ausente, es tiránico o admira la crueldad; si la cultura iguala masculinidad a invulnerabilidad, la psiquis instala una defensa radical: lo femenino es peligroso, lo femenino hay que someterlo, silenciarlo, destruirlo. No es misoginia cultural; es misoginia estructural, forjada en la herida narcisista no elaborada.
Clínicamente, no aparece en el DSM ni en el CIE como diagnóstico autónomo. Pero en la consulta se presenta como patrón transdiagnóstico: narcisismo encubierto que no tolera la envidia ante la capacidad gestadora; personalidad antisocial que instrumentaliza el cuerpo femenino sin culpa; estructura obsesiva que ritualiza el control para domesticar el caos que lo femenino representa. También en depresiones crónicas donde el desprecio a la madre se ha internalizado como autoagresión.
Los estudios —neuroimagen, psicología evolutiva, antropología clínica— coinciden: la misoginia es una fobia a lo propio. El hombre misógino persigue en la mujer todo lo que tuvo que amputar en sí mismo para sobrevivir. La misoginia no es un problema de las mujeres. Es un trastorno de la subjetividad masculina que las mujeres pagan con su cuerpo y su vida. El hombre que no ha hecho las paces con su madre hará la guerra a todas las mujeres.
- Rosa María Ortiz Prado
Psicóloga clínica
Maestra en Neurociencias
Certificada en perfil del desarrollo emocional







