Por: Dra. Rosa María Ortiz Prado
Durante años he escuchado frases como: “¿Qué pasa con los jóvenes de ahora?”, “se están perdiendo los valores entre los jóvenes”, “la juventud está muy mal”. Esto que escucho se repite con diferentes variaciones: que hay más drogas, más flojera, menos respeto, más deserción, menos ganas de casarse o tener hijos.
Me llama la atención cómo esta idea va acompañada casi siempre de otra: “antes salíamos gente de bien, aunque nos corrigieran con golpes y disciplinas severas”. Cuando la escucho tantas veces, de padres, madres, médicos, profesionales de diversas áreas, negociantes y matrimonios entre los 35 y 65 años, siento la necesidad de detenerme y pensarla con calma, desde lo humano y desde lo que hoy sabemos por la ciencia.
Me pregunto cuánto de esta percepción se debe a cambios reales en la sociedad y cuánto a un fenómeno más profundo, casi histórico: la tendencia de cada generación a ver a la siguiente como “peor” que la propia.
Si reviso lo que se ha escrito sobre jóvenes en distintas épocas, encuentro que la queja se repite casi calcada: que ya no respetan, que su música es escandalosa, que su forma de vestir es indecente, que no quieren trabajar como antes, que son más egoístas. Es como una escena que se renueva con otros peinados y otros nombres, pero con el mismo guion emocional de fondo: miedo a lo nuevo, nostalgia por lo conocido, duelo por el mundo que se va.
Al mismo tiempo, me doy cuenta de la trampa de idealizar el pasado. “Todo tiempo pasado fue mejor” suena bonito, consolador. Pero cuando rasco un poco, aparecen matices incómodos. Antes había menos lenguaje para hablar de depresión, ansiedad, abuso sexual y violencia familiar; los temas de salud mental se escondían o se castigaban; la desigualdad de género se daba por sentada; las niñas y niños tenían muy pocas vías para hacer escuchar su sufrimiento. De muchas cosas “no se hablaba” y el silencio no era sinónimo de bienestar, sino de miedo, vergüenza o resignación.
Hoy la ciencia ofrece una mirada que, aunque a veces incomoda, también ayuda a poner orden en estas intuiciones. Sabemos, por ejemplo, que el castigo físico —los golpes “educativos”, los cinturonazos, las nalgadas “a tiempo”— no mejora la obediencia a largo plazo ni forma mejores personas, y sí aumenta el riesgo de problemas de conducta, dificultades emocionales, síntomas de ansiedad y depresión e incluso, cambios en la forma en que el cerebro procesa el estrés y el error.
Sabemos que se puede ser responsable, ético y trabajador, a pesar de los golpes, no gracias a ellos. En otras palabras, muchas personas de generaciones mayores son “gente de bien” no por la violencia que recibieron, sino por los recursos que lograron desarrollar a pesar de ella.
Esta constatación abre un conflicto interno: si acepto que los golpes dañan, ¿qué hago con la historia de quienes dicen “a mí me pegaron y aquí estoy”? No quiero invalidar su experiencia, tampoco romantizar su sufrimiento, prefiero pensar que muchas personas sobrevivieron a esa dureza, sacaron lo mejor que pudieron, construyeron vidas valiosas… y, aun así, podríamos haberles ahorrado parte del dolor.
El hecho de que alguien “haya salido adelante” no convierte en saludables todos los métodos que se usaron con esa persona. Puedo honrar su esfuerzo sin justificar la violencia que padeció.
Esta reflexión no termina aquí. En una segunda parte, continuaremos explorando cómo los adultos podemos mirar a las nuevas generaciones con menos juicio y más comprensión, reconociendo que el verdadero reto no está en comparar quién fue mejor, sino en construir puentes entre lo que aprendimos, lo que necesitamos sanar y lo que todavía podemos transformar como sociedad.
- Dra. Rosa María Ortiz Prado
Psicóloga Clínica
Maestra en Neurociencias
Certificada en perfil de desarrollo emocional







