Cuando se pierden los sueños y la vida 

Por: Dra.  Rosa María Ortiz Prado 

El suicidio en adolescentes y jóvenes mexicanos no es una estadística: es una herida que se abre en todos los espacios, en los consultorios, en las casas donde nadie habla, en las habitaciones donde el silencio pesa más que los gritos. En México, la tasa de suicidio en jóvenes de 15 a 32 años ha crecido sostenidamente en la última década y, aunque las cifras del INEGI y la OMS dibujan una curva ascendente, los números no alcanzan para nombrar lo que pasa en la consulta cuando un chico de dieciséis años dice que ya no quiere despertar, o cuando una chica de veintidós guarda pastillas en el cajón de las calcetas. 

Lo que llega a consulta no es una cifra. Es el chico que deja de ir a la prepa porque “todo da igual”, la chica que deja de comer y nadie pregunta por qué, el chico que se corta los brazos con la navaja del papá y dice que “así duele menos”. Llegan con el cuerpo marcado, el sueño roto, la concentración rota, el futuro borrado. 

Muchos no dicen “quiero morirme”; dicen “estoy cansado”, “ya no aguanto”, “soy una carga”. La ideación suicida en la adolescencia mexicana no siempre grita: a veces susurra, a veces se disfraza de rebeldía, de desinterés, de “flojera”, de “hormonas”. Los padres a veces no preguntan porque tienen miedo de poner la idea en la cabeza, y los maestros a veces no preguntan porque no saben qué hacer con la respuesta. 

En el consultorio privado y en los servicios públicos, la demanda desborda la capacidad de respuesta. Hay zonas enteras del país sin psiquiatras infantiles, sin psicólogos especializados en adolescencia, sin protocolos claros de derivación. Los servicios de salud mental en el sector público están saturados; en el privado, el costo deja fuera a las familias que más lo necesitan. Las líneas de crisis (como la Línea de la Vida 800 911 2000 o los números locales de los estados) existen, pero muchos jóvenes no las conocen, no tienen crédito en el celular, o no se atreven a llamar porque en su casa “no se habla de eso”. 

El estigma sigue pesando: “eso es cosa de locos”, “eso es flojera”, “eso es falta de fe”. Y mientras la familia calla, el chico planea. Los factores de riesgo en México se entrelazan: violencia intrafamiliar, abuso sexual infantil no denunciado, bullying escolar y ciberbullying, consumo de alcohol y drogas desde edades tempranas, embarazo adolescente, discriminación por orientación sexual o identidad de género, pobreza, migración forzada, duelos no elaborados por la violencia. 

A eso se suma la accesibilidad a medios letales: plaguicidas en zonas rurales, armas de fuego en zonas urbanas, medicamentos sin control en los botiquines familiares. La impulsividad adolescente encuentra medios letales a la mano. 

En consulta, la evaluación de riesgo no es un cuestionario: es sentarse frente a ese chico o esa chica, mirar a los ojos, preguntar sin rodeos —” ¿has pensado en matarte?”, “¿tienes un plan?”, “¿tienes los medios?”— y sostener la angustia sin huir. El plan de seguridad no es un formato que se firma y se archiva: es un acuerdo vivo, escrito a mano si hace falta, con números de teléfono, personas de contacto, lugares seguros, razones para vivir escritas con la letra temblorosa de quien apenas quiere vivir. 

La familia entra a terapia, aunque no quiera, porque el suicidio adolescente es casi siempre una crisis familiar, no solo individual. Se trabaja la comunicación, los límites, la validación emocional, la supervisión de medios letales, la derivación psiquiátrica cuando hay depresión mayor, trastorno bipolar, psicosis o consumo problemático. 

En el sistema educativo, la NOM-035 y los lineamientos de la SEP exigen protocolos de detección y canalización, pero en la práctica muchos planteles no tienen psicólogo, o tienen uno para mil alumnos. Los profesores detectan al alumno que duerme en clase, el que no entrega tareas, el que se aísla, pero no saben a quién derivar. 

Los medios de comunicación a veces cubren suicidios con sensacionalismo, violando las recomendaciones de la OMS, y eso contagia. Las redes sociales son territorio doble filo: ahí los jóvenes encuentran comunidades de apoyo, pero también desafíos virales, grupos de autolesión, romanticismo del suicidio. 

En el consultorio, la intervención es artesanal: no hay manual único. A veces es terapia cognitivo-conductual para reestructurar la desesperanza; a veces terapia dialéctica conductual para la regulación emocional y la tolerancia al malestar; a veces terapia familiar sistémica para mover patrones rígidos; a veces intervención en crisis y contención farmacológica. 

Siempre, siempre, la alianza terapéutica es el primer factor de protección: que el adolescente sienta que alguien lo ve, lo escucha, no lo juzga, no se asusta, no lo abandona. 

El suicidio adolescente en México no se resuelve con un protocolo ni con un mes amarillo: se previene cada día, en cada consulta, en cada cocina, en cada aula, en cada llamada contestada a la primera. 

Se previene dejando de callar. 

  • Rosa María Ortiz Prado.   

Lic. en Psicología Clínica.   

Maestra en Neurociencias.   

Certificada en Perfil de Desarrollo Emocional. 

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