Por: Romina silva
En la naturaleza, las especies estamos en constante interacción y en ocasiones esa interacción puede ser mucho más cercana de lo que imaginamos. A la relación íntima y duradera entre organismos de diferentes especies se le denomina simbiosis, un fenómeno tan común que probablemente, mientras lees estas líneas, millones de microorganismos estén viviendo en y sobre tu cuerpo.
La palabra simbiosis proviene del griego y significa “vivir juntos”. Aunque muchas veces se utiliza como sinónimo de cooperación, en realidad incluye distintos tipos de relaciones: algunas benefician a ambos organismos (mutualismo), otras favorecen sólo a uno sin afectar al otro (comensalismo) y otras implican que una especie obtiene beneficios a costa de la otra (parasitismo); todas ellas forman parte de la enorme diversidad de interacciones que existen en la naturaleza.
La importancia de la simbiosis va mucho más allá. De hecho, la comunidad científica reconoce que algunos de los eventos más importantes en la evolución ocurrieron gracias a asociaciones entre organismos. Uno de ellos sucedió hace aproximadamente dos mil millones de años, cuando una célula incorporó a una bacteria que, en lugar de ser digerida, permaneció viviendo en su interior. Con el paso del tiempo, ambas evolucionaron juntas hasta formar una sola unidad; aquella antigua bacteria dio origen a las mitocondrias, los pequeños organelos que hoy producen la mayor parte de la energía de nuestras células. Algo similar ocurrió con los cloroplastos de las plantas, responsables de la fotosíntesis; sin estas antiguas alianzas entre microorganismos, probablemente no existirían las plantas, los animales ni nosotros mismos.
Esto revela que la evolución no nada más ha sido una historia de competencia, también ha sido una historia de colaboración. Las relaciones simbióticas pueden encontrarse prácticamente en cualquier ecosistema del planeta. Los corales construyen enormes arrecifes gracias a las microalgas que viven dentro de sus tejidos y les proporcionan alimento mediante la fotosíntesis.
Los líquenes son otro ejemplo fascinante: asociaciones entre un hongo y un alga o una cianobacteria, juntos forman una estructura única con propiedades que ninguno de sus integrantes tendría por separado. Hoy sabemos además, que los líquenes son sistemas mucho más complejos de lo que se pensaba, pues además del hongo y su compañero fotosintético, albergan bacterias, levaduras y otros microorganismos que probablemente contribuyen a su funcionamiento, resistencia y capacidad de adaptarse a ambientes extremos.
Quizá el ejemplo más cercano de simbiosis se encuentra en nuestro propio cuerpo; cada persona alberga billones de bacterias, arqueas, hongos y virus que conforman el microbioma. Muchos de estos microorganismos participan en la digestión, producen vitaminas y ayudan al funcionamiento del sistema inmunológico; en cierto sentido, ningún ser humano vive completamente solo.
La simbiosis nos invita a cambiar nuestra forma de entender la naturaleza, en lugar de verla únicamente como una competencia, nos recuerda que la cooperación también impulsa la innovación, la adaptación y la supervivencia; cada bosque, cada arrecife, cada jardín, cada líquen e incluso nuestro propio cuerpo, son redes de relaciones en las que diferentes organismos dependen unos de otros. Quizá esa sea una de las lecciones más valiosas de la biología: evolucionar no siempre significa competir, muchas veces significa aprender a vivir juntos.







