Abuelos, guardianes de memorias ancestrales  

Por: Carime Kuri Fierros 

En un mundo que avanza con la prisa de quien teme llegar tarde, los abuelos permanecen como árboles antiguos cuyas raíces sostienen la tierra que habitamos. Son guardianes silenciosos de una memoria que no se encuentra en los libros ni en los archivos digitales, sino en las palabras pronunciadas al calor de una mesa, en las manos que enseñan un oficio, en las recetas preparadas sin medir cantidades y en los relatos que viajan de generación en generación.  

Cada arruga en su rostro es un mapa de caminos recorridos. En ellas habitan alegrías, pérdidas, guerras íntimas, esperanzas y renuncias. Sus ojos han visto transformarse el mundo y, sin embargo, conservan la capacidad de reconocer aquello que nunca cambia: el valor de la familia, la fuerza del trabajo honesto, la dignidad de la palabra dada y la importancia del cuidar al otro.  

Los abuelos no solo transmiten recuerdos; entregan identidad. Gracias a ellos sabemos de dónde venimos, quiénes fueron nuestros antepasados y cuáles son las historias que dieron forma a nuestra existencia. Son el puente entre quienes ya partieron y quienes apenas comienzan a escribir su propia historia. En su voz resuenan los nombres que el tiempo podría borrar y las enseñanzas que ninguna escuela puede ofrecer.  

Las memorias ancestrales no pertenecen únicamente a un pasado lejano, viven en los pequeños gestos cotidianos: en una oración aprendida por la bisabuela, en el bordado paciente de unas manos expertas de la abuela, en el respeto por la naturaleza enseñado por un abuelo, o el celebrar la vida alrededor de una mesa con el bisabuelo compartida con la familia. Cada una de esas acciones son un hilo invisible que une generaciones y evita que el olvido rompa el tejido de nuestra historia.  

Sin embargo, vivimos una época en que la velocidad amenaza con sustituir la escucha. Muchas veces creemos que el futuro sólo depende de la innovación, olvidando que ningún árbol florece si pierde sus raíces. Cuando dejamos de escuchar a nuestros abuelos, también dejamos de escuchar una parte de nosotros mismos; su experiencia nos recuerda que el verdadero progreso no consiste en olvidar el pasado, sino en caminar hacia adelante llevando con orgullo la herencia recibida.  

Escuchar a un abuelo es un acto de amor y también de resistencia, es reconocer que la sabiduría no siempre habla fuerte, sino despacio; que necesita tiempo para desplegarse y un corazón dispuesto para comprenderla. Sus relatos contienen respuestas a preguntas que aún no sabemos formular y ofrecen consuelo en tiempos donde la incertidumbre parece gobernarlo todo.  

Quizás algún día comprendamos que el mayor legado de nuestros abuelos no fueron los bienes materiales, sino la memoria, ellos nos enseñaron que la vida se construye con afectos, con perseverancia y con la certeza de que cada generación tiene la responsabilidad de conservar aquello que recibió para entregarlo, enriqueciendo a quienes vendrán después.  

Mientras exista un abuelo dispuesto a contar una historia y un nieto dispuesto a escucharla, las memorias ancestrales seguirán vivas. En ese encuentro sencillo, profundo y amoroso, el pasado deja de ser un recuerdo para convertirse en una luz que orienta el camino al futuro. 

Recuperar como hijos el tiempo que negó la responsabilidad que cargaba el abuelo cuando fue padre, alejado de los hijos para llevar el pan a la mesa, recuperar las horas que la abuela siendo madre tuvo que aprovechar para sacar adelante las mil tareas del hogar antes de contar un cuento, ahora a sus años a ellos les da el tiempo para contar y amar.

  • Lic. Carime Kuri Fierros

carimetanatologia@gmail.com

Tel: 951 128 35 14

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