La misoginia internalizada: cuando la mujer habita la mirada que la desvaloriza 

Por: Dra. Rosa María Ortiz Prado  

La misoginia internalizada no es que la mujer se odie a sí misma, es que ha aprendido a habitarse desde la mirada que la desvaloriza. No es autoodio: es autoextranjería. La paciente minimiza sus logros con “tuve suerte”, pide permiso para sentir, vigila su tono para no sonar “histérica”, compite con otras mujeres sin saber por qué, maternajea a su pareja y llama a eso amor. No son síntomas aislados: es una arquitectura subjetiva construida sobre la premisa —nunca enunciada, siempre sentida— de que su valor está condicionado a cuánto se parezca a lo que el patriarcado espera: disponible, silenciosa, cuidadora, estética, sin deseo propio. 

¿Cómo se instala? Temprano. En la niña que ve a su madre disculparse por existir; en la adolescente que descubre que su cuerpo pertenece a la mirada ajena antes que a su sensación; en la joven que aprende que la inteligencia en ella es “arrogancia”, la asertividad “amargura”, el placer “peligro”. La internalización no es adoctrinamiento consciente: es ósmosis psíquica. El entorno —familia, escuela, medios, pareja— le devuelve una imagen distorsionada y ella la incorpora como verdad sobre sí misma. 

Clínicamente se manifiesta como una escisión: una parte que sabe, desea, piensa, y otra que vigila, censura, castiga. Esa parte vigilante habla con voz ajena —la del padre, el hermano, el novio, la cultura— pero la paciente la experimenta como propia. De ahí la confusión: “soy yo la que me boicoteo”. No; es una introyección tóxica que ha colonizado su superego. 

En la dinámica entre mujeres, la misoginia internalizada no produce sororidad: produce espejos rotos. La envidia, la crítica feroz al cuerpo ajeno, la maternidad juzgada, la competencia por la validación masculina —son desplazamientos. La mujer no ataca a la otra; ataca en la otra lo que ella tuvo que amputar en sí misma para ser aceptada: su libertad, su deseo, su autoridad, su derecho a ocupar espacio sin pedir disculpas. 

En terapia, el trabajo no es “empoderar” —palabra gastada, externa—. Es descolonizar el psiquismo; hacer consciente la voz del opresor que habita adentro; diferenciar: esto qué siento, ¿es mío o me lo enseñaron a sentir? Recuperar la autoría del propio deseo, del propio enojo, del propio cuerpo. Aprender a no traicionarse para ser amada. 

La mujer que deja de pedir permiso para existir deja de ser la “buena niña” de todos, empezando por la que lleva dentro. 

Rosa María Ortiz Prado  

Lic. en Psicología Clínica 

Maestra en Neurociencias  

Certificada en Perfil del desarrollo emocional 

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