Por: Dra. Rosa María Ortiz Prado
La depresión enmascarada es una forma de depresión que no se parece a la depresión que la mayoría de nosotros reconoce o comprende. No siempre hay tristeza evidente, llanto frecuente o una expresión abierta de sufrimiento. A veces, la persona continúa trabajando, atendiendo responsabilidades, cuidando a otros, e incluso, sonriendo, mientras algo en su interior comienza a apagarse lentamente.
En estos casos, el malestar emocional se presenta de manera camuflada. En lugar de decir «estoy triste», el cuerpo puede comenzar a hablar mediante dolores de cabeza, espalda o musculares para los cuales no se encuentra una explicación médica suficiente. También pueden aparecer cansancio extremo, fatiga persistente o una falta de energía que no mejora, aunque la persona descanse.
En algunas personas predominan los malestares digestivos, las alteraciones del apetito, los trastornos del sueño, la ansiedad, la irritabilidad o una tolerancia cada vez menor a las dificultades cotidianas. También puede observarse una acentuación extrema de ciertos rasgos de carácter: alguien responsable se vuelve excesivamente controlador; quien siempre ha sido trabajador comienza a vivir únicamente para trabajar; una persona perfeccionista se vuelve implacable consigo misma y con los demás.
El cambio no siempre es escandaloso. En ocasiones ocurre de manera gradual hasta que la familia llega a decir: «Últimamente ya no parece la misma persona». También puede manifestarse mediante conductas que buscan distraer, anestesiar o evitar lo que se siente: exceso de trabajo, compras compulsivas, relaciones sexuales de riesgo, consumo de alcohol, tabaco, drogas o psicofármacos sin la adecuada supervisión médica. No necesariamente se trata de una búsqueda consciente de daño, muchas veces son intentos desesperados de no pensar, de no detenerse o de no entrar en contacto con un dolor que todavía no se puede nombrar. Por eso es indispensable realizar una valoración profesional completa y evitar el autodiagnóstico.
Otro signo frecuente es la anhedonia, es decir, la dificultad para experimentar placer o bienestar. La persona deja de disfrutar de aquello que antes le gustaba, se siente desconectada emocionalmente o vive con una persistente sensación de vacío. Puede decir que todo está bien y, al mismo tiempo, sentir que nada le entusiasma, le conmueve o le hace ilusión.
La expresión de la depresión puede cambiar según la etapa de la vida. En niños y adolescentes puede presentarse como irritabilidad, aislamiento, dolores físicos, descenso en el rendimiento escolar, conductas desafiantes o de riesgo. En la edad adulta puede esconderse detrás de la hiperproductividad, el perfeccionismo, el consumo de sustancias o el agotamiento. En los adultos mayores son frecuentes las quejas físicas, los trastornos del sueño, la pérdida de energía, las dificultades de memoria y la pérdida de interés, síntomas que en ocasiones se atribuyen equivocadamente al envejecimiento.
La depresión enmascarada puede surgir después de una pérdida, una experiencia de violencia, un acontecimiento traumático, una enfermedad, una separación, un periodo de estrés prolongado o una acumulación de situaciones dolorosas. Sin embargo, no siempre existe un acontecimiento único que la explique. Su aparición suele depender de la interacción de factores biológicos, psicológicos, familiares y sociales.
También puede coexistir con ansiedad, duelo complicado, estrés postraumático, dolor crónico, trastornos relacionados con síntomas físicos o consumo de sustancias. Esto no significa que todo dolor corporal sea psicológico ni que todos los síntomas sin explicación inmediata sean depresión. Antes de atribuirlos a causas emocionales, es muy importante realizar una valoración médica y descartar enfermedades, alteraciones hormonales, efectos de medicamentos y otros problemas de salud.
La expresión «depresión enmascarada» no constituye actualmente un diagnóstico independiente dentro de las clasificaciones clínicas. Es una manera de describir una presentación depresiva poco reconocible, en la cual los síntomas físicos, conductuales o irritables ocupan el primer plano, y la tristeza permanece escondida o ni siquiera es identificada por la propia persona.
Como seres humanos, podemos atravesar un periodo depresivo en algún momento de nuestra vida. Es una experiencia relativamente frecuente y por algo se le ha llamado popularmente «la enfermedad del siglo». Sin embargo, que sea frecuente no significa que debamos considerarla inevitable, minimizarla o acostumbrarnos a vivir sufriendo. La depresión no es falta de voluntad, debilidad de carácter, flojera ni ingratitud.
Si los síntomas persisten, afectan la vida cotidiana o aparecen pensamientos de muerte, desesperanza intensa o deseos de autolesión, es muy, muy recomendable, buscar ayuda profesional cuanto antes. Si existe peligro inmediato, debe acudirse a un servicio de urgencias o solicitar apoyo de emergencia. La depresión es tratable mediante psicoterapia y, cuando el caso lo amerita, con tratamiento farmacológico indicado y supervisado por un profesional.
Gracias por leer, por detenerte a observar y por recordar que pedir ayuda no es rendirse: es comenzar a cuidarse.
- Psicóloga clínica, maestra en Neurociencias: Rosa María Ortiz Prado.
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