Por: Romina Silva Espejo
En las altas montañas de México, durante el amanecer y el atardecer, un pequeño y tímido conejo se alimenta de hierbas, pastos y brotes tiernos aprovechando la humedad de la montaña. Pero no es cualquier conejo: el teporingo (Romerolagus diazi) es uno de los mamíferos más singulares del país. Este conejo carismático habita los bosques de pino-encino y los zacatonales de alta montaña del Eje Volcánico Transversal, donde comparte su hogar con grandes volcanes como el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Este territorio es el único lugar en el mundo donde vive el teporingo, lo que lo convierte en una especie endémica de México; allí ha pasado desapercibido para quienes no han conocido los secretos de las altas montañas mexicanas.
A primera vista pareciera un conejo común pero cada detalle de su cuerpo y comportamiento revela millones de años de adaptación. Es una de las especies más pequeñas de conejos, sus patas cortas y musculosas le permiten moverse con precisión entre los pastizales densos y rocosos, mientras que su color brinda un camuflaje perfecto frente a los depredadores. Sus orejas redondeadas revelan que su linaje es distinto al de la mayoría de los conejos, por lo cual se considera una especie primitiva, un testigo viviente de la diversidad y evolución del grupo de los lepóridos (familia Leporidae).
La historia del teporingo es fascinante evolutivamente; sin embargo, también es una historia de vulnerabilidad. No sólo habita un ecosistema extremadamente restringido, sino que su hábitat ha sido fragmentado por la tala, la expansión agrícola y los incendios forestales, reduciendo el territorio donde puede moverse y reproducirse. Además, el cambio climático altera la temperatura y la humedad de los bosques de altura, poniendo en riesgo su delicado equilibrio ecológico.
A pesar de su tamaño, el rol del teporingo en su ecosistema es enorme. Su alimentación ayuda a mantener la diversidad vegetal de los zacatonales y bosques, y su presencia es un indicador de la salud de estos ecosistemas de montaña. La interacción entre el teporingo y su entorno se ha desarrollado a lo largo de miles de años de evolución, reflejando un equilibrio delicado entre plantas, pastos y depredadores. Protegerlo no es sólo cuidar a un pequeño conejo endémico, sino preservar toda la historia natural que encierra su hábitat.
Cada salto del teporingo concentra miles de años de evolución y un ecosistema en equilibrio. Considerado una especie vulnerable por la pérdida y fragmentación de su hábitat, su supervivencia depende de acciones como proteger y restaurar los bosques de pino‑encino y zacatonales de montaña, promover prácticas sostenibles entre las comunidades locales y fortalecer programas de educación ambiental.
En abril, durante los días de la temporada seca, cuando los pastos aún conservan humedad y los bosques despiertan con nueva vida, el teporingo merece estar ahí, saltando entre la hierba y el viento de la montaña.
Romina Silva Espejo
Instagram: @romissilva







