Por: Dra. Rosa María Ortiz Prado
La Navidad funciona como un gran escenario emocional donde lo íntimo y lo social, lo emocional y lo simbólico se entrecruzan y a veces chocan. No es sólo una fecha en el calendario, sino un dispositivo cultural que activa recuerdos, expectativas y heridas que quizá el resto del año se mantienen en silencio, nuestras vivencias emocionales históricas.
En el plano subjetivo, la temporada despierta una mezcla a veces incómoda de alegría, nostalgia, tristeza y miedo a no estar a la altura de lo que “debería” sentirse o que los demás esperan. Cada villancico, cada luz y cada reunión actúan como disparadores que nos recuerdan quién falta, qué no hemos logrado superar, qué dolor profundo aún sentimos o qué tan frágiles son ciertos vínculos. Por eso, la Navidad suele amplificar tanto lo que está funcionando bien como lo que está pendiente o roto.
En el plano emocional, muchas personas se mueven entre el deseo de pertenecer y la fantasía de escapar de la escena familiar. La presión por convivir “en paz” con familias complejas hace que el cuerpo se llene de tensión, que el sueño se altere y que la irritabilidad se normalice bajo la etiqueta de “estrés navideño”. No es casual que quienes ya arrastran duelos, depresión o ansiedad vivan estas fechas como una lupa dolorosa sobre su propia historia.
En el plano social, el mensaje oficial es simple y contundente: hay que estar feliz, acompañado y consumiendo, comprando, comiendo, regalando, bailando, brindando. La lógica del regalo perfecto, la mesa abundante y la foto impecable en redes, convierte el afecto en desempeño y el vínculo en vitrina. Cuando la realidad no se parece a esa postal, aparecen la culpa, la sensación de fracaso y la idea de estar “fuera” de la narrativa que se supone universal.
En el fondo, la Navidad confronta a cada uno con una pregunta incómoda: ¿lo que hago en estas fechas responde a mis necesidades emocionales o sólo estoy repitiendo un libreto colectivo? Tal vez el desafío psicológico de esta época no sea sostener la alegría a toda costa, sino permitirnos vivirla con más honestidad, reconociendo la soledad, el cansancio o el duelo, sin sentir que eso nos excluye de la fiesta. Sin que por esto restemos importancia a una de las fechas más esperadas por niños y adultos, por la familia en general donde, como pocas fechas en el año, podemos sentirnos en familia.
Rosa María Ortiz Prado
Lic. en Psicología Clínica
Psicoterapeuta
Maestra en Neurociencias
Libre pensadora
Prolongación de Emiliano Zapata #630, Col. Reforma, Oaxaca de Juárez, Oax.
Tel: 951 547 12 47 / 51 38 304








