Por: Estefanía Ricci
Año tras año, el 30 de abril en México celebramos el Día del Niño entre festivales, juegos y sonrisas. Sin embargo, para miles de niñas, niños y adolescentes, la infancia no transcurre en espacios seguros. Detrás de la celebración, persiste una realidad documentada por organismos nacionales e internacionales que dictan lo evidente: la violencia contra la niñez sigue siendo una problemática estructural.
Las infancias en nuestro país, así como en nuestro estado, sufren diversos tipos de violencia como la física, sexual, psicológica, por mencionar algunos; en este artículo nos enfocaremos exclusivamente a un tipo: el sexual.
De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en nuestro país diariamente 30 niñas y niños son víctimas de abuso sexual; de igual manera, un dato emitido por dicho Instituto que resulta lamentable es que el 60% de los casos provienen de familiares o personas cercanas a las víctimas.
Adicionalmente, según estimaciones emitidas por organismos como el Fondo de las Naciones Unidad para la infancia (UNICEF) (por sus siglas en inglés), y la organización Reinserta, se calcula que, en México, de cada mil casos de abuso, sólo se denuncian cien; de ellos, sólo diez van a juicio y uno llega hasta la condena. Esto implica que la mayoría de las niñas y los niños que enfrentan estas violencias permanecen en silencio.
La verdadera invitación, ante esta problemática evidente, es el llamado a la concientización, ya que los datos nos arrojan una realidad que eventualmente se hace “incómoda”, ya que la percepción de que el riesgo proviene exclusivamente del exterior se ve desvirtuada, obligándonos a reconocer que la responsabilidad colectiva en la protección de la infancia, comienza desde casa y los entornos cercanos, pues en múltiples ocasiones, el exceso de confianza genera que los depredadores tengan libre acceso a la convivencia con los menores que son abusados.
Frente a este panorama, organismos como UNICEF han insistido en la importancia de fortalecer la prevención desde el entorno cotidiano. Esto implica garantizar que niñas y niños tengan acceso a información adecuada sobre su cuerpo, sus derechos y los límites que deben ser respetados. Algo muy importante que promueven diversas asociaciones civiles, talleres de concientización, así como sugerencias de psicólogos expertos en prevención del abuso sexual, es que desde casa debemos hablar sobre la sexualidad según la edad. Se cree que los niños pequeños no entienden por ser tan pequeños, pero nuestro error ha sido subestimar sus capacidades. Una sugerencia que puede salvar a nuestros pequeños, según datos de UNICEF y la OMS, es que desde que nacen hablemos con ellos usando los nombres correctos de las partes íntimas del cuerpo sin sobrenombres ni vergüenza y, conforme van creciendo, enseñarles que nadie puede tocar sus partes íntimas sin su permiso; orientarlos para que puedan comunicar si identifican que están en un lugar que los pone en riesgo de abuso sexual, ya que así será más factible que denuncien conductas que puedan concluir en ello, esto significa promover entornos donde puedan expresar lo que sienten con confianza.
La construcción de espacios seguros es una tarea compartida. Las familias desempeñan un papel fundamental al promover la comunicación abierta y el respeto. Las escuelas, por su parte, deben consolidarse como entornos protectores mediante protocolos claros, capacitación docente y mecanismos efectivos de detección y denuncia. En este contexto, el Día del Niño adquiere un significado más profundo en cada esfera social. No se trata únicamente de celebrar, sino de reflexionar sobre las condiciones reales en las que vive nuestra niñez.
Seamos vigilantes de lo que acontece con las y los niños que están a nuestro alrededor; especialistas coinciden en que cambios en el comportamiento, retraimiento o alteraciones emocionales, pueden ser señales de alerta, no los dejemos solos cuando más nos necesitan.
Garantizar una infancia libre de violencia no es un acto simbólico ni una meta de un solo día. Es una responsabilidad permanente que requiere políticas públicas, compromiso social y acciones concretas en todos los niveles, porque proteger a la niñez no debería ser una excepción, sino una constante en nuestro compromiso social cotidiano.
Sumemos cada uno nuestro granito de arena y luchemos juntos para que el verdadero sentido del 30 de abril no sólo se vea como un día más para celebrar a las niñas y a los niños, sino en reafirmar este y todos los días como el compromiso para asegurar que todas y todos puedan crecer en entornos seguros, dignos y libres de violencia.
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